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La Coctelera

JEAN KRLOS BLOG

12 Octubre 2006

SANGRE SE PAGA CON SANGRE

-Esta es una obra de ficción-
Atravieso un húmedo, sofocante y oscuro pasillo con un penetrante olor a azufre y a berrinche. Al fondo, en una de las estrechas celdas, veo a Román, que es apenas un pela’o de 19 años.
Él está pagando 30 años de prisión por homicidio múltiple, y es que Román sólo quería hacer justicia.
En su celda no hay imágenes religiosas, tampoco carga camándulas ni escapularios. Román ya no cree en Dios, ya ni siquiera cree en la vida misma.
“Dios se olvidó de mi”, dice con sorna. Enciende un cigarrillo, y añade: “Yo no sé qué le hice, pero se olvidó de mi”. Comienza a llorar. Se recuesta a la pared. Y mezclando el dolor con la burla, me cuenta su historia:

El día en que me mataron a mi vieja, yo estaba con mi novia Ingrid y unos amigos, tomándonos unas cervezas.
Al rato, llegué a mi casa. Y al ver el escándalo y a los del C.T.I., me acerqué a una vecina a preguntarle lo que había pasado.
Doña Berta, la vecina, estaba temblando.
- Ay, Román. A su mamá la mataron –dijo, y me abrazó.
No quise ver a la vieja. Pero supe que dos sicarios se habían metido a la casa, y me la habían matado a cuchillo.
También supe que los perros esos querían cobrarle a mi papá una. Y al saber que el viejo se les había volado, se desquitaron con mi madre.
Es que mi papá era una lacra, trabajaba con las ratas más cochinas, y el pendejo ese se les faltonió.
Cuando lo amenazaron, lo primero que hizo fue coger sus tres chiros y templar pa’ Venezuela el muy caga’o.
Después de que supe lo de mi mamá, me fui corriendo para un jibariadero. Me quería olvidar del puerco mundo en el que estaba parado.
No pude ir al velorio ni al entierro, por estar en una clínica. Me había metido muchas pepas de ácido lisérgico, y casi me voy pa’l papayo. La Ingrid fue la que me encontró con una traba bien jodida, y me llevó para la clínica.
- Pobrecitas las mamás de esos matones –me dijo Ingrid cuando desperté-. Tiraste lengua de ellas hasta que te privaste.
Pero bueno…, de todas formas no quería ver a mi mamá por última vez metida en una caja y llena de cicatrices.
Pasé mucho tiempo buscando al jefe de mi papá, al que le dicen el Chone. Un viejo con harto billete y con un negocio de droga muy bien montado. Yo le cargaba mucha bronca por lo de mi mamá, y juré que ese viejo se iba a morir.
Armé selección, conseguí gente muy leal a mi papá, bien seria. Y con ellos, cranié el plan.
Le conté a la Ingrid lo que iba a hacer. Ella hasta se me arrodilló para que no lo hiciera, pero no le paré bolas. El Chone ya llevaba la lápida colgada en el cuello, y yo mismo tenía la obligación de enfriarlo.
Cogí el revólver de mi papá, una subametralladora del arsenal que nos conseguimos, y cogimos pa’ la casa de el Chone.
Mi papá me enseño desde chiquito a manejar fierros y me contaba de lo que hacía en el trabajo. El viejo me entregaba el arma, y me decía:
- Un día usted mismo tendrá que ganar plata, mijo. Y lo ilegal es lo que más da billete. ¿No quiere ser un berraco como yo?
A mi mamá eso no le gustaba, ella quería que yo estudiara en la universidad y me ganara la plata honradamente. Por eso, cada rato se agarraba con mi papá.
- No quiero que meta al niño en sus cosas, Marcos –dijo mi mamá una vez-, ni
tampoco que le enseñe a usar su revólver.
- Él tiene que aprender a ser machito, Carmen –le respondió mi papá-. ¿Es que
usted lo quiere criar como un mariquita?
Bueno ya, vuelvo a lo del Chone. Llegamos a la casa, nos metimos, y tiramos bala a diestra y siniestra. No sé a cuantos guardaespaldas matamos ni cuántas balas disparamos. Lo único que me importaba era encontrar al Chone, y arrancarle la cabeza.
Qué bueno que la mujer ni los hijos estaban en la casa, porque también hubieran llevado candela. Es que mi papá me dijo una vez:
- En el trabajo, siempre se matan a los hombres. Las mujeres y los niños son
sagrados.
Y también puse en práctica otra lección del viejo, y es que sangre se paga con sangre.
En el estudio encontramos a el Chone, escondido y miado del susto.
Varios de mis hombres se ofrecieron a matarlo, pero yo los saqué. Yo era el que tenía que acabar con ese hijuemadre.
Me encerré con él, le puse el cañón del revólver en la cara, y le conté porqué estaba ahí.
- Su papá era un faltón –fue lo único que me dijo.
- Pero no tenían que joder a mi mamá –le dije-. Ella no tenía nada que ver.
- De alguna manera nos teníamos que sacar la espina –dijo el Chone.
Me hubiera gustado hacer como una vez me contó mi papá: Coger a ese perro a palo y después cortarle las que sabemos. Pero no había tiempo, porque la policía ya casi llegaba.
Entonces le di un tiro en la jeta.
El Chone cayó al piso. Y para asegurarme de que se muriera, le vacié el tambor en el pecho.
Me sentí liberado, como si me hubiera vuelto el alma al cuerpo.
No sé porqué no me mataron los socios de ese tipo. De pronto saben que la cárcel es mucho más castigo que la muerte. Porque a uno le meten un pepazo. Y no alcanza a dolerle, cuando ya está del otro lado. Pero la maldita cárcel es un sufrimiento constante y el miedo de morir es a cada segundo.
Quién sabe si un día de estos quieran matarme. Pero si es así, que se apuren.
Ya la vida es mejor dicho una condena. Parece que Dios me mantiene vivo como castigo.
Aún así no me arrepiento de haber matado a ese man. Limpié al mundo de esa porquería. Y si era una porquería, no entiendo porqué me pusieron preso. Es que la justicia siempre se va del lado de los que andan con billete en el bolsillo.
Bueno, aquí en este hueco, espero el día en que me vuelva a ver con el Chone en el infierno. Lo veré, y sentiré la misma satisfacción que sentí en el momento en el que lo maté…

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Sobre mí

Mi nombre es Jean Carlos Lagos Torres, vivo en Montería, Colombia. Toda mi vida me he dedicado a la escritura. He escrito novelas de distintos géneros, thrillers y libretos para teatro que aún no he publicado.

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